“De la prostitución al proxenetismo”. Xosé A. Perozo

A poco que circule de noche por las carreteras secundarias encontrará un rosario de llamadas al comercio del sexo en los conocidos clubes de alterne. Están ahí, legal o alegalmente, engordando un negocio de miles de millones de euros, mediante el cual España se sitúa a la cabeza del mayor consumo de prostitución de Europa. Esas imágenes contrastan con las discusiones, que nos acompañan desde las emisoras de radio, emanadas del Parlamento y debatidas por sesudos/as tertulianos. Tres patas para una situación que duele por su contraste. La de la realidad, la de la incapacidad legislativa y la de la frivolidad social.
No voy a profundizar en la polémica de los partidos políticos sobre la abolición o no de la prostitución, de los pasos intermedios o de los fines propuestos. Porque creo que abolir el trato y negocio carnal es una misión titánica que no resolveremos con una o varias leyes de urgencia, antes de cerrar la legislatura. No sé si más atrás, pero en lo que concierne al Derecho Romano, que nos ha guiado tanto tiempo, habría que remontarse al siglo de Augusto y a su Lex Iulia et Papia Poppea como primer intento de ordenar la prostitución o a Calígula, quien la gravó con severos impuestos. Y desde ahí recorrer los siguientes pasos de la historia para darnos cuenta de que el negocio ha podido siempre más que cualquier tipo de compromiso moral o de consideración legal hacia mujeres y hombres víctimas de la prostitución involuntaria, de la explotación.
Partiendo de Roma, por lo menos, estas prácticas sociales se han considerado “un mal menor”. Y en nuestra literatura cultural, desde El Satiricón de Petronio, pasando por los poemas de Horacio y Ovidio, las comedias de Plauto, hasta La Celestina, La lozana andaluza de Regalado o La colmena de Camilo José Cela, se ha utilizado la prostitución como fuente de inspiración benévola e, incluso, de culto al amor romántico. Yo mismo, en mi novela Espérame (Xerais), caí en la inercia de esa tentación deplorable de convertir a una prostituta en heroína de este tiempo del triunfo que marca la acumulación de capitales. Y en el cine, ¿existe una piedra de toque más tópica y perniciosa que Pretty Woman? Su éxito oscurece otras muchas películas de la cinematografía universal que también han tocado la prostitución.
Quiero decir con esto que el debate actual está enredado en una selva histórica donde no vale con anunciar la abolición, así en global, como sucedió en la Segunda República. Ni llega con pretender multar a consumidores de sexo pagado. Sería como pillar a los trapicheros de la droga mientras los grandes cárteles siguen engordando sus negocios. ¿Además, podemos negar a alguien el derecho individual a prostituirse, sea varón o hembra, cuando estamos reivindicando los derechos de la mujer sobre su propio cuerpo para abortar? Una cuestión que tampoco resolverá la simple legalización del comercio sexual con la imposición de gravámenes.
Al inicio he arrancado mirando a los cubes de carretera, pero no es necesario coger el coche. Existen otras ventanas para los proxenetas. Las ciudades están plagadas de pisos patera de la prostitución. Las redes son ganchos permanentes con páginas especializadas en ofertas y demandas. ¿Por qué no se comienza por una ilegalización total y absoluta del poderoso proxenetismo y sin precipitación se sigue podando y valorando el resto de circunstancias? Si comenzamos desmantelando el comercio organizado del sexo, con prudencia y reflexión será más fácil preservar los derechos individuales. ¿A qué viene tanta prisa? ¿Nos ocultan algo