“Patriotismo”. José Antonio Constenla

Los voluntarios que tratan de cruzar fronteras para llegar a Ucrania y sumarse
a la defensa de su país, junto a los miles de milicianos que apoyan a su Ejército
en la retaguardia para frenar el avance de las tropas rusas, representan la
máxima expresión de un patriotismo admirable que brota como reacción a la
amenaza para su libertad. En España, la Sexta pregunta a los jóvenes si en
caso de guerra defenderían a su país. Una de las respuestas me parece un
buen resumen de lo que se escuchaba: “No me renta estar en una pelea… y además no quiero morir”.
El patriotismo es una pasión política difícil de analizar y la profundidad de las emociones que mueve hace necesario manejarlo con cautela. Es amor a la patria, definida como el lugar al que se pertenece, sea la tierra natal o no. Estos sentimientos se incentivan a través de símbolos como el himno, la bandera, o
las gestas históricas.
La crisis que vive nuestro patriotismo viene de lejos y no es un problema únicamente español aunque a nosotros nos afecta especialmente. Escuchando a algunos, parece como si viviésemos en una de las naciones más retrasadas, desgraciadas y pobres del mundo. Se exageran, cuando no se inventan, los
defectos y se ocultan las virtudes que con mucho son más.
Gestas tan impresionantes como el descubrimiento y conquista de América se califican de páginas negras de la historia, en un intento absurdo por medir y juzgar con normas actuales comportamientos del pasado. Parece que se busca borrar del alma de los españoles algo tan fundamental como el orgullo de serlo, de sentirse hijos de un gran país, y no solamente por su pasado, sino también por su brillante presente.
La recuperación de esta virtud se antoja complicado en un mundo que deteriora los viejos nacionalismos. Las élites mandan a sus hijos a estudiar al extranjero y se potencian los localismos, que se viven en clave de exclusión, como si sentirse orgulloso de la comunidad autónoma propia, no permitiese sentirse a
su vez profundamente español.
El patriotismo que debería unirnos a todos no se potencia por la ausencia de un adecuado proyecto educativo que incida en la historia común y en las experiencias compartidas. Como decía Rousseau, “el patriotismo es la virtud por excelencia del buen ciudadano, pero debe cultivarse y fortalecerse por
medio de la educación pública”.
Este sentimiento reúne a todos los españoles que compartimos lengua, cultura, historia, costumbres y proyecto de vida, también a los del pasado y a los que vendrán en el futuro. Refuerza el sentimiento de cohesión y pertenencia a un país que vive y progresa unido. Constituye por tanto una meta transcendentes que nos hacen mejores ciudadanos y cuyos dispositivos morales conviene recuperar para alejarnos del egoísmo narcisista que corroe con especial ferocidad a los españoles.