“Afganistán, entrega diecisiete”. Jacobo Otero Moraña

Imaginen por un momento que son ustedes soldados profesionales (a algunos le costará más que a otros, pero tengan en cuenta que es un simple ejercicio). Imaginen que son destinados a un territorio lejano e inhóspito. Que cuando llegan allí, topan con una realidad completamente distinta. Cultura y religión nada tienen que ver con lo que están acostumbrados. Allí rige un sistema tribal, donde más allá de características que ponen de manifiesto cierta afinidad, cada clan es un mundo. Hay jefes que en apariencia son aliados, aunque jamás tienes claro si es por verdadera simpatía o mero interés. Pero si hay una característica común a toda esa gente es su belicosidad. No sólo hacia todo aquel que viene de fuera, sino entre ellos mismos.

Pasado un tiempo les hablas, caso de ser posible, de tu mundo. De las infraestructuras que un día pueden convertir esos páramos en ciudades opulentas gracias a un sistema vial adecuado. Incluso intentas explicarles que ciertas actitudes, lejos de contribuir al progreso, mantienen a su sociedad anclada en un pasado arcaico.

Creen que les estoy hablando de Afganistán? Pues no. El escenario que reflejo es el que se encontró un legionario romano anónimo, llámenle Ticio, Cayo, Sempronio o como prefieran, a su llegada a Germania. Pues ya ven, la Historia nos da lecciones que no deberíamos olvidar. Y aún así, lo hacemos. Pero entre la situación actual y la antigua, hay una diferencia más que significativa. Aquellos rudos germanos, que pese a vencer en Teutoburgo luego se vieron diezmados por las legiones, poco a poco se fueron integrando en esa cultura que les resultaba tan hostil. Tanto, que acabaron siendo fuerza de choque en su ejército y guardia personal de Emperadores.Así hasta que en el 476 de nuestra Era, decidieron que ya estaba bien de ser súbditos y dieron el golpe de gracia a un imperio que sólo mantenía el nombre.

Pese a todo, y como en su día dijo en su clase un sabio profesor, tuvimos la “suerte” de ser invadidos por los más romanizados de los Godos. Unos que se dieron por contentos con expulsar al regente, pero que en ningún momento deseaban regresar a sus tradiciones y dioses. No es casual tampoco que desde entonces, hubiera un nexo entre los reyes germanos y ese esplendor de la Roma clásica. De ahí que no nos llame la atención escuchar lo de Imperio Romano germánico, o que el título máximo entre ellos, Kaiser, sea un derivado del César latino.

Ya ven. En principio no podía haber dos pueblos más antagónicos. Unos cuyo entendimiento parecía imposible. Y pese a ello, surgió el nexo. Hoy Alemania es ejemplo de prosperidad. Y aunque en la Historia ha habido momentos y figuras más que desagradables y nocivas, también aportaron grandes nombres al desarrollo universal tanto en las artes, como en la tecnología o el pensamiento.

Así que ya ven. Cuando alguien dice que lo de Afganistán era una empresa abocada al fracaso desde el primer momento, debo decir que cuando menos, lo pongo en duda.

Ahora bien, citando aquella máxima de San Agustín :”Si tú no quieres salvarte, ni Dios puede hacerlo”. Pues parece que en aquel territorio, no quieren.