“Afganistán, séptima entrega”. Jacobo Otero Moraña

Mucho se ha hablado en los últimos días de esa forma brutal en que el Talibán trata a las mujeres. Siendo como es escandaloso, diríase que algunos descubrieron esto antes de ayer, cuando el tema viene de antaño. Por más que el otro día, en el muro de un amigo, una señora salió muy indignada a reconvenirnos defendiendo lo indefendible, hay una cosa que está muy clara. En el propio concepto de Islam va implícito el sometimiento. Sometimiento a la voluntad de Alá, todopoderoso, omnipotente y omnisciente.

Y como tal, decide si te colma de virtudes o de la más absoluta miseria. Frente a eso no hay protesta que valga. Sólo resignación.

Lo curioso del tema es que para ver imágenes de esa prevalencia del macho sobre la hembra, no hay que irse a desiertos ni estepas. Uno lo puede ver en el día a día de las comunidades musulmanas cada vez más numerosas en cualquier ciudad occidental. Y como no tengo por costumbre hablar sin saber, les cuento algo que vi con mis propios ojos. Debía correr entonces el verano de 1984,aunque puede que fuera el 85. Pasaba entonces unos días de vacaciones en una conocida localidad de la Costa del Sol. Un día fuimos al parque de atracciones, y aunque hoy, el Tivoli World sólo es una sombra de lo que era(se habla ya de su inminente cierre), en las fechas que mento era uno de los referentes del ocio en nuestro país.

Llegó la hora de cenar, y nos paramos en una de esas terrazas donde ponían platos combinados, hamburguesas y perritos. Mientras comía tranquilamente, me fijo en la mesa de al lado (aunque debería decir mesas). En la más próxima, un señor habla en árabe con un niño de unos ocho años. No entiendo ni papa, pero sin duda son padre e hijo. Les sirven varios platos y ambos comen hasta hartarse. Un poco más apartadas, a su vera y por detrás, dos señoras con el pañuelo característico. No van mal vestidas ni se les ve desnutridas, pero queda clara la jerarquía. Son sus esposas(no olvidemos que el Coran permite cuatro, más todas las concubinas que puedas mantener. Todo un detalle). Pues hasta que padre e hijo no terminaron hasta el postre, a ellas no les sirven ni una botella de agua. Ambas hablan entre murmullos, no sea que alguien se ofenda. Cuando vuelve el camarero, les pone dos cartuchos de patatas fritas y un bote de ketchup. Pues nada. Cenadas. Y dense por contentas. Mi madre, que también sigue la escena, con los ojos como platos.

Años después, uno, que es curioso por naturaleza, fue leyendo pasajes del libro sagrado del Islam, y mira por donde que no se cortan un pelo a la hora de marcar las diferencias/privilegios, que siempre favorecen al hombre(lo de los castigos físicos vamos a dejarlo). Pero es que hasta a la hora de morirse, el Paraíso también es distinto según te haya tocado ser “Ahmed” o “Laila”.

Y así todo. De manera que ahora no nos asombremos con lo que hacen “los estudiantes”. Simplemente aplican lo que pone su libro. Lo hacen en Arabia Saudí, en Irán, Malí, Nigeria, Somalia o Indonesia. Todos forman parte de la Nación del Islam con independencia de si son más o menos rigoristas.

Evidentemente, eso no lo quiero para ninguna mujer. Menos aún para mi compañera de vida ni para cualquiera de mis amigas.

Y otro detalle. Quien quiere equiparar cierto tipo de costumbres occidentales con ese brutal sometimiento, cae en la más burda demagogia. Las monjas, son libres de dejar hábitos y convento cuando así lo deciden, sin que nadie las persiga ni lapide. Si una mujer es violada, al momento se va tras el criminal y se le encierra mientras a ella se le proporciona apoyo psicológico y médico. No teme en ningún momento que la casen con quien la forzó o que su propia familia la mate por “honor”. Así que a ver si nos dejamos de monsergas y discusiones bizantinas y tenemos claro cuál es el huevo de la serpiente.

El Talibán puede haber ganado la guerra, pero eso no le convierte en interlocutor valido. Ni hoy ni nunca.

En cuanto a ese islam moderado, que tanto cacarea para decir “no somos todos iguales”, aún estoy esperando que alguna autoridad, sea imán de barrio o un clérigo de Al Azhar, se atreva a decir que sus primos de la barba son unos criminales.