“Afganistán, quinta entrega”. Jacobo Otero Moraña

Como estamos a las puertas del fin de semana, prometo dar tregua con el asunto. Hoy, en vez de fotos de películas, dejo un mapa de Asia Central. Creo que habla por sí solo, pero aún así, me voy a atrever a hacer alguna previsión (luego, si fallo, serán libres de llamarme bocazas y algún que otro epíteto de la familia). Pero antes de entrar en cuestiones geoestrategicas, me van a permitir un inciso. En el tercer capítulo dije claramente que no me fiaba de las buenas palabras de los barbudos, y el tiempo(breve) no hizo otra cosa que darme la razón. En el nuevo-viejo Afghanistán de “los estudiantes” no hay lugar para el ocio. Ya han quemado hasta los cimientos el parque de atracciones de Kabul. No es buena noticia, pero peor aún lo son la forma en como reprimen las protestas o la ejecución de gobernadores y militares que nunca se rindieron ni hacían doble juego. A ello sumar las imágenes de las vallas del aeropuerto de la capital. Algún padre en su sano juicio entregaría a sus bebés a soldados extranjeros? Seguro que nosotros no. Pero si supieras que se abate sobre tu familia el peor de los oscurantismos, haces lo que sea para que a tu hijo no lo atrape ese monstruo. Pues eso es lo que ocurre. Ellos se dan por perdidos o muertos, pero piensan que la próxima generación puede crecer libre y en paz aunque sea a miles de kilómetros.Lo vimos ya muchas veces, y por desgracia, lo seguiremos viendo.

Vamos ahora con el análisis de “vidente”. Hace ya muchos años, leí un ensayo donde Gordon Thomas se refería a la misteriosa delegación del ELP que visitó al Mulá Omar en los días previos al 11S. Parecía el argumento de una novela, pero el asunto fue muy real. Curiosamente, dos días antes de los atentados que cambiaron el mundo, dos terroristas suicidas, disfrazados de reporteros, mataban al comandante Mashud en su refugio del Panshir. Con ello, occidente perdía a su enlace más fiable sobre el terreno. Es como si una “mano negra”, anticipándose a lo que iba a ocurrir, preparaba el terreno de manera que el invasor no encontrase apoyos fiables. Y así fue.

Los chinos son muy capaces de proporcionar logística adecuada a sus intereses. Y a su vez, trabajar a largo plazo. Para ellos, veinte años es un pestañeo. Más si analizan la manera curiosa en que se comporta la sociedad occidental. Tras la matanza de Tiananmen en el 89,lo normal hubiera sido aislar al régimen de Beijing y crujirlos a sanciones. Pero en cambio, sólo tres años después, su pabellón era uno de los más visitados en la Expo de Sevilla. Y no sólo eso. Pronto invadieron nuestras calles con sus restaurantes y tiendas Friendships (el famoso Todo a 100).Asi que ya ven. La culpa no es suya, sino de nuestra ingenuidad. De lo bien que queda ser “políticamente correcto” y del pánico que nos da ser tildados de xenofobos o racistas. Sin embargo ellos, tan alejados del aristotelismo, no dudan en llamarnos “fan gwai loh” (demonios extranjeros) a la vez que sonríen y te preguntan si “quiele bolsa”.

Su red clientelar ya es global, pero ahora quieren controlar toda su periferia. Y Asia Central lo es. No les vale con los estados vasallos. Necesitan más.

Rusia, hasta hace poco en línea con ellos, ya comenzó a movilizar tropas en las fronteras uzbecas y tayikas. Veremos si es suficiente. Porque la paz en la frontera Amur-Ussuri siempre fue muy efímera.

Más ahora, que al irse los norteamericanos, les han dejado un montón de “juguetes” y tecnología en las bases. Quizá los barbudos no sean quien de descifrarlos(que ya es mucho suponer),pero los expertos chinos y pakis, seguro que lo hacen en un santiamén.

Dicen que el Pentágono ya activó sus células de seguimiento a ese armamento de última generación, detectando que algunos códigos ya se encuentran a la venta en el mercado negro.

Pues o el Tio Sam ha aprendido a jugar al ajedrez hace poco, y con el siguiente movimiento barren del mapa a un montón de traficantes, o esa tecnología acabará en las peores manos.

El golpe es muy duro. Tanto, que el régimen de alianzas puede resquebrajarse y dar al traste con un trabajo de décadas. Aún es pronto para sacar conclusiones, pero el viento, no sopla precisamente a favor.

El Talibán sólo es un peón, pero no olvidemos que detrás están los mandarines. Y ellos juegan con otras reglas.