La crisis vivida en Ceuta no puede analizarse únicamente desde el prisma de la
inmigración. Hacerlo sería simplificar un problema que tiene profundas implicaciones
geopolíticas, económicas y de seguridad. Cuando decenas de miles de personas logran
atravesar en pocas horas una frontera exterior de la Unión Europea, el debate deja de ser
exclusivamente humanitario para convertirse también en una cuestión de Estado.
En mi opinión, España atraviesa un momento de escasa influencia en el escenario
internacional. La política exterior desarrollada en los últimos años ha proyectado, a mi
juicio, una imagen de debilidad que algunos países pueden interpretar como una
oportunidad para reforzar sus propias posiciones estratégicas. En un mundo cada vez
más globalizado, donde la competencia por los recursos, las rutas comerciales y la
influencia internacional se intensifica, esa percepción tiene consecuencias.
Hoy las tensiones entre Estados ya no siempre se manifiestan mediante conflictos
militares convencionales. La presión migratoria, el control de la energía, las materias
primas, las cadenas de suministro, la tecnología o la información forman parte de las
nuevas herramientas de presión geopolítica. Son formas de influencia que pueden
resultar tan eficaces como el uso de la fuerza.
El Estrecho de Gibraltar constituye uno de los puntos estratégicos más importantes del
planeta. Por sus aguas circula una parte esencial del comercio marítimo mundial,
importantes rutas energéticas y cables submarinos que sostienen gran parte de las
comunicaciones digitales internacionales. Ceuta, Melilla, Canarias y Gibraltar, forman
un espacio de mucha relevancia.
Mientras tanto, Marruecos continúa desarrollando una estrategia de largo recorrido
basada en el fortalecimiento de sus capacidades militares, el crecimiento económico y la
consolidación de alianzas internacionales. Es una política de Estado con objetivos
definidos. España debería responder con la misma visión estratégica, alejándose de la
improvisación y de la política del corto plazo.
Tampoco puede ignorarse el riesgo que representa el terrorismo yihadista. Las
organizaciones extremistas buscan aprovechar cualquier situación de inestabilidad para
extender su influencia o facilitar la infiltración de individuos radicalizados. Combatir
esa amenaza exige reforzar los mecanismos de inteligencia y seguridad, siempre desde
el respeto absoluto a los derechos humanos y evitando identificar a quienes emigran en
busca de una vida mejor con quienes utilizan el terror como instrumento político.
Sin embargo, el verdadero problema quizá sea otro. España suele reaccionar cuando la
crisis ya ha estallado, en lugar de anticiparse. Nos falta una estrategia nacional
compartida que piense en el interés general más allá de los ciclos electorales y que
planifique el futuro con décadas de antelación.
Frente a quienes utilizan estas situaciones para alimentar el odio y enfrentar a la
sociedad, y frente a una política que considero insuficiente para afrontar desafíos de esta
magnitud, es necesario encontrar un punto de encuentro. La seguridad de nuestras
fronteras, una política migratoria ordenada y el respeto a la dignidad de las personas no
son objetivos incompatibles. Al contrario, deben formar parte de una misma estrategia.
Como afirmaba Winston Churchill, “los pesimistas ven dificultades en cada
oportunidad; los optimistas ven oportunidades en cada dificultad”. Quizá haya llegado
el momento de abandonar la confrontación permanente y comenzar un debate serio
sobre las causas profundas de estos acontecimientos.



