Zebedeo se llamaba su padre, mientras que el nombre de su madre era Salomé. Santiago era un pescador del lago de Tiberíades o lago de Galilea. Cuando estaba en el barco realizando las faenas propias de los pescadores, Jesús lo llamó a él y a su hermano Juan. Ellos dejaron las redes y a su padre y demás empleados del barco, y siguieron a Jesús como discípulos.
Hay otro Santiago en el grupo de los Doce. No es extraño que tal nombre se divulgara entre los israelitas, pues ese vocablo equivale a “San Jacob”, de modo que reproduce el nombre del padre de las Doce Tribus de Israel (aquel a quien Dios le cambió el nombre en el templo de Betel, pues allí “había visto a Dios”, significado del vocablo “Israel”). La coincidencia de haber otro discípulo con el mismo nombre en el número de los Doce, requiere el denominarle a uno “el Mayor” y a otro “el Menor”. Santiago, que aparece con su hermano Juan al principio de las listas, y que era junto a ese hermano y a Pedro uno de los testigos de los acontecimientos más importantes de Jesús, recibe el nombre de “Santiago el Mayor”, mientras que al otro Santiago, “el de Alfeo”, que aparece en las listas de Apóstoles más bien hacia el final, se le denomina “Santiago el Menor”.
Santiago el Mayor, como los otros discípulos de Jesús, salió de su lugar de residencia para evangelizar. Vino hasta la zona próxima al Finisterre, lugar que entonces se denominaba así por considerar que era “el fin de la tierra”, a la que seguía el Océano Atlántico. Aquí, en un principio, no tuvo muchos seguidores, aunque la semilla del Evangelio o Buena Nueva que sembró, iría dando frutos. Los dos discípulos más conocidos son Atanasio y Teodoro, representados al lado de Santiago en las figuras barrocas de la parte alta de la Puerta Santa de la Catedral.
La tradición refiere que, al volver Santiago de su viaje apostólico, al llegar a Zaragoza, le salió al encuentro en carne mortal la Virgen María, colocada sobre un pilar: de ahí que la denominemos “La Virgen del Pilar”. La Santísima Virgen consoló al Apóstol, y le transmitió fuerzas para volver a Jerusalén, después de haber realizado su cometido apostólico.
De acuerdo con la tradición, el cuerpo de Santiago, que, como pedía San Jerónimo, debía estar sepultado en el lugar en el que había predicado el Evangelio, fue traído desde Jafa a Padrón y Santiago. A este viaje le llaman “la Translación”. Sus discípulos habrían sido los promotores de esta venida al lugar en que había anunciado el Evangelio, una vez recogido su cuerpo, después de que Herodes Agripa I lo había hecho morir “a espada”.
En el siglo IX el ermitaño Paio, que habitaba en la zona de Solovio, vio unas luces extrañas cerca del lugar en que residía, hacia el Oeste. Interpretó que ello se debía a encontrarse allí la sepultura del Apóstol, y fue a visitar a Teodomiro, el obispo de Iria Flavia, que era entonces el Obispo del lugar donde aparecieron las luces. Al venir a las cercanías del lugar donde residía Paio, encontraron un edículo con huesos del siglo I, que interpretaron como los de Santiago el Mayor y de sus discípulos Atanasio y Teodoro. El Obispo Teodomiro pasó la voz al rey Alfonso II el Casto, de Asturias, que acudió con su familia, constituidos así en los “primeros peregrinos”. Alfonso II edificó un pequeño templo en el lugar donde se recogió el edículo, y que recibió el nombre de “templo de Alfonso II”. Para custodiarlo y celebrar la oportuna liturgia, llamó a un grupo de benedictinos, que se establecieron junto al santuario, y que residieron en el edificio que, con el tiempo, se dedicaría a San Pelayo. Teodomiro pidió que, en su momento, lo enterraran allí, junto al Apóstol, cosa que se pudo comprobar al hacer en la Catedral de Santiago las excavaciones arqueológicas del año 1955. Ahora puede verse la lápida de la sepultura de Teodomiro apenas uno entra por la puerta de la Azabachería, a la derecha, en la capilla de Don Lope de Mendoza.
También en el siglo IX, con motivo de la batalla de Clavijo, se pasó a representar al Apóstol Santiago de un modo nuevo: montado a caballo, luchando contra los moros. Ello se debe a lo que habían aprendido a partir del Canto de los Salvados, al pasar el Mar Rojo, como beneficiados de la ayuda del Señor. Se dice: “El Señor es un guerrero, su nombre es el Señor” (Ex 15, 3). En Clavijo, la victoria sobre los invasores llevó a la gente a ver la intercesión del Apóstol a semejanza de la intervención de Dios en el Paso del Mar Rojo. Desde entonces, se representa también al evangelizador Santiago luchando a caballo.
Alfonso III mandó en su momento construir un templo que lleva su nombre, y que dañó Almanzor, en el siglo X. Lo mandó restaurar San Pedro de Mezonzo, entonces Obispo de Iria-Flavia; pero ya en el año 1075 se inicia la Catedral, de modo que en la cripta del Altar Mayor se encuentran los restos de Santiago el de Zebedeo, Atanasio y Teodoro.
El Papa Calixto II, Guido de Borgoña, que había sido Arzobispo de Vienne del Delfinado, en tiempos en que su hermano Raimundo de Borgoña era Conde de Galicia, concedió a la Catedral de Santiago un jubileo, en el año 1.122. No debe extrañarnos, pues él llegó a asistir al entierro de Raimundo, que está sepultado en la Catedral, y, por lo tanto, tenía un gran afecto por el Apóstol Santiago y por la Catedral que alojaba sus restos mortales. En el mismo siglo, en el año 1.179, Alejandro III estableció que el Jubileo se tuviera siempre que la fiesta del Apóstol del 25 de julio coincidiese en domingo.
De todos modos, hoy la gente no se limita a peregrinar en los Años Santos, sino que han cambiado lo de “ganar el Jubileo” por lo de “ponerse en camino”. Así, año tras año, los fieles acuden a Santiago por los diversos Caminos, y, a lo largo de los días dedicados a la peregrinación, escuchan la llamada frecuente y repetida del Señor, que los convoca a concebir la vida como un camino que conduce al encuentro con Dios. De ese modo, al final de sus días, pueden pasar definitivamente a gozar de la vida en Dios y con Dios.



