“Sellos y política”. José Antonio Constenla

Cuando Sánchez nombró a Juan Manuel Serrano presidente de Correos era una entidad saneada. Ahora con ideología e incompetencia la ha llevado a números rojos y escandaliza a la concurrencia con un sello conmemorativo del centenario del Partido Comunista de España, con la hoz y el martillo, emblema de un movimiento que ha sembrado el mundo de cadáveres y dictaduras.
Hasta Kaspárov, leyenda del ajedrez, se ha pronunciado sobre esto en español: “¡Qué vergüenza!”. Él, que sabe bien lo que supuso el comunismo señala que, “dedicar un sello a sus víctimas hubiera sido más apropiado”.
Tendrá un valor de 0,75 € y 135.000 ejemplares, pero de momento no verá la luz porque un juzgado ha suspendido cautelarmente su emisión.
Este partido nació como delegación de la Internacional Comunista controlada por la dictadura soviética. Durante la Guerra Civil cometió toda clase de desmanes y convirtió la zona republicana en una dictadura soviética al más puro estilo de Stalin. Apoyó a la URSS y a sus dictaduras satélite, y continúa haciéndolo con Cuba, China, Venezuela, Nicaragua y hasta Corea del Norte.
En 2019, el Parlamento Europeo condenó sus crímenes, recordando que “los regímenes nazi y comunista cometieron asesinatos en masa, genocidios y deportaciones y fueron los causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad en el siglo XX a escala hasta entonces nunca vista”. Por contra, en
2021, el gobierno de Sánchez rechazó condenar esos genocidios comunistas.
Pero claro, hay que ocultar los crímenes de la izquierda para poder imponer su visión de la historia bajo la etiqueta “memoria democrática”.
Los apoyos con los que cuenta en todos los ámbitos son numerosos. Incluso, la Real Academia de la Lengua en su diccionario, oculta su naturaleza totalitaria y lo describe como “Doctrina que establece una organización social en que los bienes son propiedad colectiva”. Esta impecable asepsia no se mantiene al
definir ideologías similares como el fascismo y el nacionalsocialismo.
Blanquear una ideología con más de 120 millones de muertos en 34 países desde 1917, sólo puede hacerse desde entidades como la Universidad, convertida en reducto ideológico (“Ahora no hay ninguna intelectualidad que no sea en algún sentido de izquierda”, George Orwell). Muchos docentes ejercen
de activistas e imponen, desde la corrección política, el marxismo identitario o wokeismo. Asimismo, el mundo académico se apoya en otro colectivo también en su mayoría de izquierdas, la industria del entretenimiento.
El totalitarismo comunista se hundió con la caída del Muro de Berlín en 1989, pero algunas de sus ideas han sobrevivido y calado en muchas personas de buena voluntad, incluso en países que sufrieron su dictadura. Cuesta entender que a estas alturas de la historia de la humanidad, la utopía comunista, aunque
fracasó estrepitosamente, goce de mejor prensa de la que merece.